Estados Unidos, China y la trampa de Tucídides

 

Para describir el enfrentamiento militar entre Esparta y Atenas durante el siglo V.a.C., el historiador y militar griego Tucídides escribió su libro “Historia de la guerra del Peloponeso”.  Tucídides explica en este escrito que la guerra fue causada por el temor de Esparta a perder su hegemonía en la península del Peloponeso  por el  surgimiento de Atenas como potencia emergente.

 

 

La trampa de Tucídides se produce una tensión estructural por el surgimiento de una  potencia  que desafía la hegemonía de la potencia dominante. El origen de la trampa de Tucídides es el temor de la potencia establecida a perder su hegemonía. Bajo estas circunstancias  se produce una dinámica de acciones y reacciones, que en otras condiciones podrían haber sido manejables, que pueden conducir a una guerra con resultados no deseados por las partes en conflicto y perjudiciales para el entorno.

El debate  internacional actual está dominado por el duelo retórico entre Donald Trump y Kim Jong-un, líderes respectivos de los Estados Unidos (EEUU) y de Corea del Norte. La espiral retórica causa preocupación en la comunidad internacional que ve en Trump una actitud impredecible y  en Kim Jong-un una actitud obsesiva  y provocadora al desafíar a los EEUU con su programa de armas nucleares sancionado por las Naciones Unidas. Existe el temor a que este conflicto verbal  conduzca a un enfrentamiento militar entre Washington y Pyonyang .que ponga fin a la búsqueda internacional de soluciones diplomáticas. Este conflicto militar podría conducir a la intervención de China. China es un país  aliado y vecino de Corea del Norte.

 

 

El ascenso económico de China como potencia  emergente

El rápido ascenso económico de China ha puesto  en peligro el predominio económico y militar de los EEUU que, después de un siglo de hegemonía en el mundo, teme perder su posición dominante. El ascenso de China genera también desequilibrios internacionales que hacen necesario  reajustar el sistema de Instituciones Internacionales creadas desde la II Guerra Mundial a la nueva correlación internacional de fuerzas ya que el actual sistema no refleja el peso  económico y financiero de la potencia emergente. 

Según los economistas, el mejor indicador para medir y comparar la capacidad económica de los países es el Producto Interno Bruto (PIB).  El PIB es el indicador usado por organismos internacionales tales como el Banco Mundial (BC) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) y también es utilizado por los países miembros de las Naciones Unidas.

Después de tres décadas de crecimiento superior al 10% anual, el ascenso económico de China ha cambiado la correlación de fuerzas en el mundo y la participación de los países en las Instituciones Internacionales requiere de un nuevo equilibrio. 

En los años posteriores a la II Guerra Mundial el PIB de los EEUU representaba alrededor del 50% del PIB  mundial, en 1980 su representación se había reducido a alrededor del 22% y en la actualidad representa solo el 16%.  Por otro lado, la participación de China en el PIB mundial ha aumentado del 2% en 1980 a casi un 20% en la actualidad.

Según el FMI, el PIB de China superó ya en 2014 el de los EEUU.  De mantenerse las actuales tendencias, en 2023 el PIB de China será un 50% superior al de los EEUU y será tres veces mayor en 2040. A pesar de la desaceleración de su crecimiento económico en los últimos años, China crece tres veces más rápido que los EEUU.  China es en la actualidad, después de Japón, el mayor financiador de la deuda externa de los EEUU. En la actualidad la deuda externa de los EEUU representa más del 106% de su PIB.

Aunque el veloz crecimiento de China no se ha reflejado aún en un aumento de su  participación en las Instituciones Internacionales,  sí se ha traducido en un gradual aumento y en una acelerada modernización de su poderío militar y en un aumento de su autoconfianza, al constatar que el orden internacional no refleja la nueva realidad del poder. La ampliación y fortalecimiento de la presencia de China en su entorno asiático es solo un comienzo de la adecuación de su poderío militar al cambio en la correlación de fuerzas económicas internacionales. El principal desafío geopolítico para los EEUU no es la violencia del extremismo islamista, ni el resurgimiento de Rusia después de la desintegración de la URSS, sino que el ascenso de China.

¿Conducirá la rivalidad existente a un enfrentamiento militar abierto entre la potencia establecida y  la emergente?

La gran diferencia entre el enfrentamiento de potencias en la época de Tucídides, hace 2400 años y la situación durante y después de la II Guerra Mundial es que a partir de entonces ha surgido una creciente proliferación de armas nucleares que han pasado a reforzar los sofisticados  sistemas de armas convencionales existentes. Durante los más de cincuenta años de la guerra fría tanto la OTAN  como los países del Pacto de Varsovia contaban con armas nucleares. En la actualidad 5 países han detonado armas nucleares: EEUU, Rusia, Reino Unido, Francia y China. Han realizado pruebas nucleares India, Pakistán y Corea del Norte. Además existen indicios, aún no confirmados, que Israel tiene armas nucleares.

La rápida proliferación de las armas nucleares no ha hecho al mundo más seguro. La seguridad y el  progreso de la Humanidad requieren el desmantelamiento total de estas  armas de destrucción masiva que hacen la vida en el planeta Tierra cada vez más insegura. Además del peligro del uso de las armas nucleares existe el riesgo  del almacenamiento de los residuos radiactivos por la fabricación de estas armas.

La enorme capacidad de destrucción de las armas nucleares fue puesta en evidencia con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en 1946. La gran diferencia entre un choque militar entre países que utilizan tecnología militar convencional y países que utilizan armamento nuclear es que, debido al carácter masivo y devastador de la destrucción nuclear, la guerra  no tendría vencedores, solo perdedores,  siendo incluso muy probable la destrucción de la vida y la  civilización del planeta. 

Debido a que hasta ahora no es posible eliminar los efectos de los residuos radioactivos,  estos permanecerían activos durante cientos o miles de años. No solo la posible utilización de armas atómicas constituye un peligro para la Humanidad, sino que en general  la utilización de tecnología atómica y la acumulación de los residuos radioactivos constituyen un  peligro para la seguridad de los países y su población, independiente de que se trate de producción con fines pacíficos o con fines militares.  Mientras no se logre un avance tecnológico que permita desactivar los residuos radioactivos la única garantía de seguridad para la población es el desmantelamiento y la prohibición de las centrales nucleares. Las evidencias de los peligros por la radioactividad las entregan la destrucción masiva causada por accidentes de centrales atómicas en Chernóbil  (en Ucrania) y Fukushima (en Japón). Los posibles rendimientos económicos de las centrales nucleares que producen energía eléctrica no compensan los costos en términos de seguridad.


¿Es inevitable el enfrentamiento militar entre la potencia dominante y la potencia emergente?

El profesor  Graham Allison que dirige un proyecto de historia aplicada de la Universidad de  Harvard, constata que  en los últimos cinco siglos se han registrado 16 casos en que el ascenso de una potencia emergente afectó la posición de la nación dominante. De estos 16 casos, 12 terminaron en guerra.  Los resultados de esta investigación demuestran que el choque de trenes que predice Tucídides no es inevitable.

La historia reciente nos enseña  que las cuatro décadas de guerra fría no terminaron  en  el  temido  choque nuclear debido a que las potencias rivales maniobraron los conflictos de forma política y diplomáticamente eficaz. La existencia de armas nucleares hizo que, a diferencia de la época de Tucídides, el temor de producir una devastación ilimitada hiciera que la existencia de armas nucleares tenga también un efecto disuasivo importante, aunque la proliferación de éstas debilita este efecto. El efecto disuasivo evita que estas armas se utilicen por el temor a las represalias, ya que su uso generaría no solo la destrucción del adversario sino que la propia por la posibilidad de una respuesta de igual o mayor envergadura.

El análisis de la  historia nos enseña que los peligros de una guerra entre los EEUU y China, son reales, pero la historia también nos enseña que hay formas políticas y diplomáticas de evitar el enfrentamiento militar, aunque esto exige un enorme esfuerzo y una gran sensatez, no solo de las potencias en conflicto sino que también de los países aliados y del entorno de todos los países. Entender los argumentos del adversario ayuda a encontrar las soluciones. Solo el diálogo político y diplomático puede ayudar a resolver  los conflictos.

Según la filósofa Hannah Arendt la violencia empieza cuando termina el diálogo. El diálogo significa saber escuchar y tomar en serio los argumentos del adversario y de su entorno. Esto significa que la solución militar no es una opción eficiente para resolver conflictos. También la violencia verbal  es peligrosa porque puede desencadenar acciones y reacciones que nos llevarían a caer en la trampa de Tucídides.

No sabemos con certeza si la dinámica que descubrió Tucídides hace 2400 años se repetirá en el futuro próximo.


 

Profesor Emérito de Economía Internacional

Universidad de Amsterdam


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